Marcas de alegría

Llevo cuarenta años sometiendo a mi rostro a  intensas jornadas de risas,  muecaIMG_1702s, exclamaciones, gestos de ira y algún  que otro llanto. Hace poco he descubierto que los Centros de Homologación Patriarcal  en que se han erigido algunas clínicas estéticas, han  decidido bautizar las arrugas de la comisura de los labios  como “marcas de amargura”.  Como una maldición bíblica,  he sentido el peso de cada palabra. Casi duelen más que las agujas atestadas de bacterias que introducen en  los pliegues.  Me miro en el espejo y no puedo más que aplaudir la estrategia.  Porque podrían ser sinceros, podrían llamarlas “marcas de alegría”, “marcas de felicidad”, “marcas de vida”.  Pero,   ¿quién querría eliminar sus marcas de alegría?   Sólo aquellas a las que la homologación les parezca más interesante que los mensajes de amor que cada día podemos lanzarnos al espejo: “Reconozco que he vivido. Alegre, incluso”.