Alicia, más allá del patriarcado

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“Imaginando nuevos caminos” de Sonia Uría

En plena época victoriana, Alicia nos proporciona una auténtica alternativa al victimismo palaciego al que la literatura moralizante nos tiene acostumbradas. Estamos ya cansadas de Cenicientas víctimas de violencia familiar, siempre a la espera de un príncipe que resuelva. De de Blancanieves, perseguidas y denostadas por su belleza, salvadas siempre de un destino cruel por la figura masculina (soldado-enanitos-príncipe).   Estamos cansadas de limpiar casas de enanitos y palacios de madrastras. “Y de bordar” dijo la Bella Durmiente. Y de esa costumbre recurrente que tienen los autores de dejarnos comatosas, dirán todas. No queremos que nos despierten a golpe de baba (o beso) ¡Queremos que no nos duerman! “Queremos hablar con extraños y que los bosques, las calles y las noches sean también nuestras” diría Caperucita si no hubiera sido asesinada por una vulgar moraleja. Y es que, ¡¿A quién se le ocurre?! Dirán algunos. Hay que ser cándida para alejarse del seguro espacio doméstico, aunque sea para continuar con las tareas de cuidado que tanto demanda la abuela. Ninguna niña puede aspirar a salir impune a tales transgresiones, ni siquiera, en el maravilloso mundo de la imaginación.

Alicia está en otro lugar. Alicia se convierte en protagonista activa de su historia. La audacia y la curiosidad se convierten en el motor de su viaje. Más allá del Espejo, en el País de las Maravillas, la lógica patriarcal se debilita, como se debilitan las categorías de espacio y tiempo. Pese a su corta edad, apenas siete años, no da muestras de debilidad, de docilidad, de la pasividad que ha pretendido caracterizarnos. Tampoco hay moraleja, no hay más por qué que la misma aventura.

Alicia rompe todos los estereotipos que son de esperar en una niña de su clase,  se apropia de todo cuanto ve a su paso, crece y decrece llenándolo todo para vaciarlo inmediatamente. Porque Alicia, además, come.

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